El hombre que más que sentado, parecía tirado de
cualquier manera sobre aquel sillón, era la viva imagen del dolor. Por su
enloquecida mente viajaban a toda velocidad, los recuerdos de una vida. Las
alegrías, las tristezas, las muestras de amistad, la lealtad, y los sueños.
Todo ello era su único tesoro, y hacía unas pocas horas, la crueldad, la
avaricia, y las ansias de poder desmedidas de un ser despreciable, habían
puesto fin a todo.
Levantó la vista y fijó sus enrojecidos ojos, sobre
el anciano que lo miraba con verdadera pena.
Albus Dumbledore había sido testigo del desarrollo
de aquella historia desde sus inicios. Había recibido a aquel niño aún en
contra de todas las recomendaciones y objeciones de los miembros del Consejo
Escolar. Había asistido como observador mudo, a los cambios operados en él, y
cómo había pasado de ser un niño solitario y triste, a un miembro del grupo
élite de la escuela. Vio como se había forjado y fortalecido aquella amistad a
través de los años, y estar viviendo aquellos insólitos sucesos, aún no
encontraba cabida en su privilegiada mente.
-
Remus - dijo el anciano – no tengo respuesta a tus
preguntas, y te aseguro que me hago aún muchas otras, pero por el momento
debemos ocuparnos de otras cosas.
-
¿Qué sucederá
con Harry?
-
Lo llevaré con
la hermana de su madre, es su único pariente vivo.
-
Pero es muggle.
-
Lo sé, así como
sé que estás pensando que es una locura y que hay muchos de nosotros, que
estaríamos encantados de hacernos cargo de él, pero estoy pensando en su
seguridad.
-
¿Piensa que los
seguidores de Voldemort quieran hacerle algún daño?
-
No lo sé, y no
lo creo realmente. Algunos estarán desesperados y sin saber qué hacer, pero
intentar acercarse a él en este momento, estoy seguro de que saben no es la
mejor de las ideas. No Remus, pienso en el futuro. No hay nada que nos indique
que Voldemort ha muerto. Algo de lo que hizo, le salió muy mal, y cuando se
recupere, vendrá por él.
Remus calló durante unos segundos, y luego se puso
de pie.
-
¿Qué piensas
hacer? - preguntó Dumbledore
-
No lo sé - contestó él con pena – En un momento lo he
perdido todo, mis amigos, las esperanzas
y la fe en la lealtad.
Aunque a Dumbledore le habría gustado poder
contradecirlo, darle una explicación, o
al menos poder decir algo que calmara aquel dolor y desesperanza, las
circunstancias no se lo permitían.
-
Lily, James y
Peter muertos, por la traición de nuestro “amigo”, y Harry tendrá que ser
entregado a unas personas que odian todo lo relacionado con nuestro mundo, por
lo que ni siquiera podré acercarme a él ¿Qué me queda?
-
Remus, como te
dije, no tengo las respuestas, aún no sé cómo sucedió todo esto, pero estoy
seguro de que algún día lo sabremos.
Remus asintió y comenzó a caminar hacia la puerta.
-
¿Dónde estarás?
-
Lo más lejos
posible - contestó Remus
-
Remus,
permíteme ayudarte – le dijo – puedo hablar con algunas personas y…
-
Profesor, se lo
agradezco, pero usted sabe tan bien como yo, que no soy bien visto en nuestra
sociedad. Hice lo que pude mientras la Orden fue necesaria, ahora que Voldemort
ha desaparecido, ya no hay lugar aquí para mí.
-
Volverá Remus.
-
Pues si eso
sucede, búsqueme – y sin decir nada más, se marchó
Después de su partida, Dumbledore se sentó en su
silla y se llevó la mano a la frente. Había esperado muchas cosas, había
imaginado muchos posibles escenarios y desenlaces para la situación que vivía
la comunidad mágica, pero todo este desastre ciertamente lo había tomado
desprevenido. Si bien era cierto que habían hecho todo cuanto habían podido, y
que la de Lily y James Potter, eran unas muertes anunciadas, no lo era la de
Peter, y menos aún podían haber esperado bajo ninguna circunstancia, la
traición de Sirius Black. De modo que podía comprender perfectamente cómo se
estaba sintiendo Remus en aquel momento, cuando todo su mundo y su sistema de
creencias se había desmoronado ante sus ojos. Así que penando bien las cosas,
tal vez era la mejor decisión, la que acababa de tomar. Y se convenció una vez
más, que nuestra psiquis siempre nos dictará lo mejor por hacer.
Salió de sus pensamientos y se concentró en lo
inmediato. Había quedado con Hagrid en que se verían en Privet Drive, para dejar a Harry en la casa de su tía. De modo que
se dedicó a la nada grata tarea de escribir la nota que dejaría junto con el
niño, y esperaba que Petunia Dursley, tuviera la suficiente humanidad para
recibir a su sobrino, y de ese modo quedara sellado el encantamiento.
Después que Remus dejó el despacho del
director, avanzó por los pasillos del
colegio, vacíos a aquellas horas. Los recuerdos abrieron surcos de dolor, en su
ya muy maltratado corazón, y se dio la mayor de las prisas en salir de allí.
Caminó por calles sin rumbo, hasta que sus pies se
negaron a seguir avanzando. Había pasado cerca de una semana de un lugar para
otro, fue de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, pero en ningún lugar
encontró la necesaria paz y descanso que necesitaba. Al final de esa semana, se
encontró de pie frente a la tumba de James y Lily.
-
Perdón –
susurró a la noche vacía – nada pude hacer para evitar todo esto, pero les juro
que si en mis manos está, algún día el que hizo esto, pagará con su vida las
suyas.
Era cerca de medianoche y la noche invernal e
extendía a lo largo del Valle de Godric. Remus dejó el cementerio y caminó
hasta la casa en ruinas de los Potter. Ignorando los posibles peligros de
entrar en la edificación que parecía muy dañada, siguió hacia el interior.
Cada rincón de aquella casa guardaba un recuerdo. La
risa de James llenó sus oídos, las protestas de Lily, mientras James hacía
volar a Harry por encima de los muebles, y las risas incontrolables del pequeño
que parecía disfrutar enormemente de aquello.
Y de pronto la estruendosa voz de Sirius: ¡Ya sé lo que le compraré para su
cumpleaños! Te va a encantar pelirroja! De pronto todo el dolor acumulado hizo
violenta explosión.
-
¿Cómo pudiste
Sirius? - y cayendo de rodillas dejó que
la lágrimas hicieran un vano intento por lavar el dolor
El amanecer lo sorprendió tirado en el piso de la
derruida habitación de Harry. El frío invernal había entumecido sus miembros y
congelado sus muchas lágrimas. Pero dónde había encontrado un lugar que no
abandonaría en los años venideros, había sido en su destrozada alma.
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